Hoy se me hizo tarde el correo.
Fui a buscar a mi viejo a Talca. Cita con el doctor, en Santiago.
Los papeles invertidos: ahora soy yo el que maneja, el que decide la hora, el que espera afuera.
Antes era al revés.
Tenía 10 años cuando mi tío y mi papá se compraron un Peugeot 404 para trabajarlo de taxi. Llegó a la casa antes de pintarlo: blanco perfecto, focos amarillos, butacas negras enormes.
No me vas a creer, pero aprendí a manejar ese auto ahí mismo. Apenas alcanzaba los pedales. Los cambios iban en el volante. Todavía me acuerdo de la combinación.
Mi viejo me llevó mil veces al doctor en ese taxi. Cuántos viajes, vaya a saber uno adónde. Yo solo veía los postes pasar por la ventana, mientras él me hacía repetir marcas, modelos, versiones según el año. Que me fijara en las luces. En el parachoque.
Sigo haciendo esas tonteras hoy. Miro un auto en la calle y de inmediato pienso el año.
Hoy, manejando de vuelta con él, se me vinieron esos recuerdos otra vez. Relatos interminables, a diario, para que aprendiera esto y lo otro.
Las historias son las que te conectan con la gente. Y de esa conexión salen los negocios.
En el fondo, vivir es lo mismo que vender.
Por eso escribo, aunque hoy llegue tarde.