En junio del 82 cayó en Santiago el temporal más salvaje que recuerde. El Mapocho se desbordó y la tele transmitía cómo la corriente arrastraba un Austin Mini blanco estacionado en la orilla.
Mi viejo manejaba un taxi Peugeot 404. Partió de Puente Alto a Santiago a cazar mejores carreras. Sorteó mil calles inundadas, trabajó sin descanso y, mientras nosotros veíamos las noticias en la casa, él la peleaba como un campeón.
De noche, venía de vuelta feliz de haberlo logrado. A menos de cinco cuadras de la casa, en Diagonal Oriente, justo en la curva que siempre se inundaba de bote a bote, mi viejo, cansado y apurado por llegar, lo olvidó por completo.
Pasó rápido en vez de lento.
Le cayó agua al carburador y el Peugeot se paró de sopetón en medio del charco. Me acuerdo de su cara de rabia y frustración. Se fue caminando a la casa, entero mojado y picado por su propia torpeza. No mantuvo el foco al final del camino.
Con las ventas pasa lo mismo.
Muchos emprendedores hacen el trabajo duro: buscan prospectos, los convencen, solucionan objeciones, pero al final, cuando están a cinco cuadras de la meta, se relajan. Olvidan los básicos por cansancio o apuro. No mantienen el foco en el cierre, apuran el llamado o fallan en la pregunta, y la venta se les para de sopetón.
Se les ahoga el carburador de la venta a metros de la meta.