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Aculeo, una carpa militar y el arte de vender

2 de junio de 2026

Cuando solo éramos mi hermana y yo, mi viejo trabajaba como vendedor de muebles con un comerciante judío, don Isaac.

Fue él quien le mostró a mi padre el mundo de los negocios. Muy joven, mi viejo aprendió a negociar, a vender y a entender que la vida, en el fondo, es una venta constante.

Y como saber vender te abre puertas, pudo acceder a lugares increíbles. Uno de ellos fue la Laguna de Aculeo.

Mi papá tenía un muy buen cliente que era dueño de un campo a orillas de la laguna. En esa época no existían las casas de veraneo de lujo ni los campings armados como los conocemos hoy. Pero te juro que fueron las vacaciones más hermosas de mi infancia.

Mi viejo le arrendaba a un amigo una furgoneta que nos llevaba a ese terreno improvisado y nos dejaba literalmente abandonados ahí por 15 días.

Teníamos una carpa militar color verde. En la noche era una maravilla de lo calientita que era, pero de día se transformaba en un verdadero horno. Había baño de pozo. Y después de pasar todo el día nadando en la laguna, mi vieja nos sacaba a tirones para lavarnos con baldes de agua de la noria que estaba prácticamente congelada.

Pescábamos pejerreyes, los hacíamos charqui y disfrutábamos con lo básico. Podría estar años recordando esos veranos.

Pero esas vacaciones mágicas no salieron de un catálogo. Existieron porque mi viejo sabía vender, conversar y construir confianza real con sus clientes.

Vender es vivir, y contar historias es persuadir. Cuando sabes comunicarte sin sonar como un catálogo aburrido, el mercado te abre las puertas de su propio "campo en la laguna".