Llevaba dos semanas como representante de la imprenta en Paraguay.
Tenía clara mi labor, pero me faltaba ajustar unos términos con el Gerente General. Nicolás era un tipo joven, pero estaba siempre ocupado.
Su secretaria era una barrera infranqueable. Nadie podía llamarlo ni acercarse a su puerta sin su estricta supervisión.
Yo ya llevaba días buscando "el momento adecuado" para acercarme, hasta que el gerente mexicano que estaba en la oficina de al lado —un zorro viejo en ventas— me vio dudar. Se acercó y me dijo:
— "Párate y entra a su oficina. Te vas a secar esperando".
Estaba aterrado, pero me dio el empujón que necesitaba. Fui directo a esa tremenda puerta negra. La secretaria hizo el amague de detenerme, pero sin frenar el paso le dije con una sonrisa:
— "No te preocupes, serán 5 minutos".
Golpeé y entré.
— "Permiso, ¿tienes 5 minutos?"
Nicolás me miró extrañado, pero bajó la guardia y me dijo: "Claro, pasa".
Hablamos muy poco, pero cerramos todo lo que necesitaba. ¿El resultado real? De ahí en adelante, yo me convertí en el único en la empresa que podía entrar a su oficina sin pedir audiencia. Un triunfo absoluto que lo cambió todo.
¿Te estás secando de tanto esperar a que te respondan? ¿Te rindes ante el primer filtro?
Necesitas un empujón audaz para saltarte al guardián y entrar a la oficina del gerente.
Hoy, ese empujón se llama escritura persuasiva. Son las palabras exactas para que te abran la puerta en vez de ignorarte.